sábado, 9 de junio de 2012

nostalgia...



Nací en Grasse, una pequeña ciudad, donde los puestos de flores, verduras y frutas...transforman la atmósfera de esta villa provenzal.
El secreto está en los pétalos de las flores que cuelgan en la primavera y aún en otoño entre las grietas de los muros medievales....
Está en los colores que inundan las praderas de lavanda, perfuman los dorados ocasos y nadan entre brisas de margaritas, azucenas, amapolas y campanillas.
Los cazadores de esencias, como yo, nos valemos de un truco para perpetuar los aromas situándonos al amanecer cerca de las numerosas fuentes que refrescan los jardines, o en las húmedas praderas que captan los vientos del sur, que transportan y entrelazan los brillos de las flores y el perfume de las frutas maduradas al sol de cada verano...
En una plaza pequeña en el centro de la villa, hay una terracita con unas pocas mesas donde voy cada mañana a desayunar y siempre me instalo al lado de una fuentecilla. El aroma del pan de mantequilla, cocido durante las horas de descanso en el horno de piedra, me provoca un apetito delirante,impúdicamente lujurioso... casi sexual, que mínimamente logro controlar, saboreando las confituras de jazmines o de rosas.
Cerca de mi mesa, debajo de los arcos y soportales que rodean la plaza y le dan frescor... están los puestos de flores, el mercado se muestra a diario, los cultivadores presentan sus bellezas impregnadas de collares de rocío y colores cálidos que cobran un valor añadido por la efímera virginidad de sus aromas.

Es la razón por la que desde hace siglos, vigilo de cerca a los encandilados visitantes, a los "despistados" y a los "despiertos" que pretenden penetrar en el alma de las vendedoras, como invaden el corazón de la ciudad, que con la compra caprichosa de una flor, intentan poseer también la esencia del perfume de la virgen que lo ofrece.


una buena mano...



He vivido ya lo bastante como para dar rienda suelta a mis lágrimas.
Me he sentido extraña tantas veces, que no deseo poseer,  sino un alma solitaria.
Solo deseo conservar mis lecturas, mis bruñidos recuerdos, el sabor de las confituras y el aroma del patio en el verano, con mi padre en la siesta , mientras a la sombra de los arcos, jugamos otra mano de mús .
Ya no me interesan las futuras horas de arena del viejo reloj.
Amo el color envejecido y el blanco y negro de mis fotografías y las sonoras quejas del vinilo en el destartalado reproductor.
Escucho la marea cada día y veo en la orilla la sombra de mi perro, jugando con la espuma y mordisqueando cualquier cosa que salga de la  mar.
Mis ojos se inundan en cada reflejo de ternura que observo en las personas, en la naturaleza, en la escandalosa demostración de la belleza , en el ocaso de la luz de cualquier atardecer.
Solo necesito sostenerme en pie,  y aunque mire firmemente a los ojos a la muerte... ésta me amenaza con no volver.